Los perros siguen la dirección de la mirada humana casi tan bien como otra persona y mejor cuando están motivados, ya que rastrean nuestros ojos para averiguar qué miramos y dirigir allí su propia atención. Esta capacidad, moldeada a lo largo de unos 20.000 años de domesticación, fue clave para su éxito como socios de caza y pastoreo, según la teoría evolutiva. El crítico de arte John Berger, en su ensayo de 1977 «Why Look at Animals?», argumentó que ver y ser visto por un animal diferente nos hace más plenamente nosotros mismos, aunque el capitalismo industrial redujo a esos animales a objetos. Décadas después, Jacques Derrida retomó la idea al filosofar sobre la vergüenza de ser observado por su gato.
A partir de esa herencia, el historiador cultural Thomas W. Laqueur publica «The Dog's Gaze: A Visual History», un recorrido por la ciencia, la filosofía y, sobre todo, la tradición pictórica occidental de la relación entre humanos y perros. Los canes aparecen en el arte desde hace casi 10.000 años, con ejemplos en las pinturas rupestres de Arabia Saudí que muestran la colaboración en la caza, y se multiplican en escenas renacentistas y modernas: desde un vaso griego del siglo V a.C. donde un perro reacciona ante un herme fálico, hasta «Le Pont de l'Europe» de Caillebotte (1876) o «Hundehode» de Edvard Munch (1942), un inquietante retrato de mirada turquesa.
Laqueur sostiene que el perro en el arte encarna la figura del artista: ambos miran con una intensidad especial y guían al espectador hacia lo importante. En «The Finding of Moses» de Giovanni Battista Tiepolo, por ejemplo, el perro señala con la mirada a Miriam, la hermana esclava del bebé Moisés, que los egipcios ignoran. La mirada canina cumple así una doble función: dirige la atención a un elemento concreto y, al mismo tiempo, revela fuerzas mayores, divinas o malignas, que escapan a los personajes humanos.
