Un ensayo reflexivo traza un paralelismo entre la fiebre especulativa del tulipán en los Países Bajos del siglo XVII, la fiebre del oro digital ligada a las GPU que sostienen la minería de criptomonedas y la actual fiebre de los modelos de lenguaje. El autor recupera la lectura coevolutiva de Michael Pollan para argumentar que la inteligencia artificial, como las plantas domesticadas, ya está moldeando a los seres humanos: determina despidos, redirige capital, condiciona titulares bursátiles y modifica hábitos de trabajo, en lugar de limitarse a ser una herramienta pasiva.
El texto recorre varias capas del debate. Cita a Yann LeCun, que sostiene que los animales aprenden más que las máquinas, y a Donald Hoffman, que propone colocar a los agentes conscientes como capa fundamental de la realidad. Recuerda predicciones pasadas de Elon Musk sobre la conducción autónoma (2014, 2016, 2019 y 2026) todavía incumplidas, y la advertencia del ganador del Turing y del Nobel en los años sesenta según la cual la programación se extinguiría porque las computadoras se programarían solas. Señala la opacidad del sector: las grandes empresas no divulgan el consumo energético por consulta, el agua usada para refrigeración ni la titularidad de los terrenos y los acuíferos cuando un centro de datos se cierra. Menciona el trabajo de Erin Brockovich, que mapea los municipios que se oponen a nuevos emplazamientos, y la presión del argumento geopolítico frente a China, que suele silenciar las objeciones locales.
Frente a ese panorama, el autor propone un modelo de soberanía de datos inspirado en la agrovoltaica: granjas que combinan paneles solares y cultivos, con la población local como copropietaria de la tierra, el agua y la maquinaria. Concluye que, tras el previsible ajuste del ciclo —por mercado, por un incidente de seguridad o por legislación—, sobrevivirán los pesos abiertos, los modelos locales, la interfaz en lenguaje natural y las comunidades capaces de decir no. Cierra con la cita de Thoreau que Pollan usa en 'El dilema del omnívoro': los hombres se han convertido en herramientas de sus herramientas.
