En 1843, la inventora estadounidense Nancy Johnson patentó en Filadelfia el "Artificial Freezer" (US3254A), una máquina de manivela que agitaba la crema dentro de un cilindro metálico rodeado de hielo y sal, y transformó para siempre la elaboración del helado. Hasta entonces, el postre era un lujo reservado a hogares acomodados, pues su preparación exigía remover la mezcla a mano durante horas en ollas rodeadas de hielo natural, con un coste y un esfuerzo que lo alejaban de las mesas populares.
El aparato resolvía ese cuello de botella con un mecanismo ingenioso: la sal rebajaba la temperatura del hielo y enfriaba la crema, mientras unas paletas curvas y perforadas movidas por la manivela raspaban las paredes del cilindro para romper los cristales y devolverlos a la masa. El resultado era una textura más aireada y uniforme, con menos hielo y sal que en los métodos anteriores. El helado terminado podía mantenerse frío unos 30 minutos en la máquina, pensada para un consumo casi inmediato.
Johnson no llegó a explotar comercialmente su invento: vendió los derechos a William G. Young, de Baltimore, por entre 200 y 1.500 dólares según las fuentes. El diseño fue después mejorado con motores eléctricos y refrigeración, pero el principio del cilindro enfriado y las paletas móviles sigue siendo la base de las heladeras domésticas actuales. La patente, además, fue un hito personal: Johnson la registró a su nombre en una época en la que la doctrina de coverture limitaba a las mujeres casadas en el control de bienes y contratos.
