La cría selectiva del caballo de carreras ha alcanzado límites biológicos sin acabar de superarlos: en 1973, Secretariat ganó la Belmont Stakes con una marca de más de cincuenta años que sigue vigente pese a miles de millones invertidos en genética y entrenamiento. La paradoja, según un extenso artículo publicado en Works in Progress, es que la búsqueda de velocidad puede haber reducido la diversidad genética necesaria para seguir mejorando la especie o incluso mantenerla robusta.
El reportaje recorre la historia evolutiva y humana del caballo. Hace unos 55 millones de años, en los bosques de Norteamérica, apareció el Hyracotherium, un animal del tamaño de un terrier con cuatro dedos en las patas delanteras y tres en las traseras. Con la expansión de las praderas, los équidos perdieron dedos progresivamente hasta conservar uno solo protegido por una pezuña rígida, una innovación clave para correr largas distancias. Tras extinguirse en América hace unos 10.000 años, los caballos fueron reintroducidos por los conquistadores europeos.
La domesticación es más reciente de lo que se creía. Aunque los botai del norte de Kazajistán hace unos 5.500 años dejaron corrales y restos de leche equina en vasijas, su ADN no conecta con las razas modernas: sus caballos son parientes del Przewalski, considerado erróneamente el último caballo verdaderamente salvaje. Los équidos actuales, incluidos los de carreras, descienden de caballos domesticados hace unos 4.200 años en las estepas póntico-caspianas, cuna de guerreros montaraces como los hunos o la Horda de Oro. La consecuencia es una variedad morfológica extraordinaria —del poni islandés al purasangre— acompañada de un estrechamiento genético preocupante, agravado por la endogamia y por la naturaleza comercial de la cría moderna.
