En junio de 2001, el navegante siciliano Antonino Quinzi, al mando de un yate de 12 metros que regresaba de Venezuela a España con cientos de kilos de cocaína en sus bodegas, buscó refugio en la isla de São Miguel (Azores) tras una tempestad que dañó el timón. Para no ser descubierto al reparar la embarcación en el puerto de Rabo de Peixe, sumergió los fardos frente a la costa atados con cadenas y redes de pesca. El oleaje destrozó las sujeciones y decenas de paquetes empezaron a llegar a la orilla. El primer aviso oficial se registró el 7 de junio, cuando un vecino encontró 270 fardos con 300 kilos de droga; en dos semanas la policía portuguesa habría recuperado más de 400 kilos de los alrededor de 500 que se estimaban en el alijo oficial, aunque el periodista Nuno Mendes sospecha que el yate podía transportar hasta 3.000 kilos. La mayor parte de la cocaína no requisada acabó en manos de los habitantes de Rabo de Peixe, uno de los pueblos más empobrecidos de Portugal, donde circulan anécdotas rocambolescas: pescadores que añadían coca al café en vez de azúcar, familias que empanaban caballas con polvo blanco y chicos que usaron fardos como tiza para marcar las líneas de la portería. Más de dos décadas después, el episodio sigue marcando la identidad de la localidad y ha inspirado la serie de Netflix 'Rabo de Peixe', cuya tercera temporada se estrenó en 2025, y el documental 'Marea blanca'.
