La habitación que la economía no sabe ver

Fuentes: The room the economy can't see

En Estocolmo existe un local de la asociación juvenil Sverok donde adolescentes se reúnen a jugar, conversar y simplemente estar juntos sin que nadie les pida que gasten dinero. Es un ejemplo pequeño, pero real, de lo que el sociólogo Ray Oldenburg llamó un "tercer lugar": ni el hogar ni el trabajo, sino ese espacio intermedio que antaño cubrían los cafés, los pubs, las bibliotecas o los clubes de barrio. Estos espacios escasean cada vez más, y con ellos desaparece una constelación de actividades no remuneradas que sostienen la vida social: visitar a los abuelos, criar a los hijos, mantener una amistad, organizar un club vecinal.

El argumento central del artículo es que el salario funciona como la única vía socialmente aceptada para acceder a los bienes que produce el mundo: la comida y la vivienda llegan casi exclusivamente por esa tubería. Por eso, cuando una tarde con los hijos o dirigiendo un club juvenil compite con un turno extra, la balanza siempre se inclina hacia el trabajo remunerado, aunque el uso no remunerado del tiempo genere más valor social. El autor lo describe como una variante del fenómeno que él denomina "trabajo de pega" (make-work), solo que aplicado al ámbito doméstico y comunitario: la economía invierte tiempo humano escaso en tareas de bajo valor sin percatarse, porque las señales de precios lo permiten.

A partir de ahí, el texto plantea tres modos de financiar esos espacios: dejar que el mercado actúe (y comprobar que no los construye), hacerlo mediante subvenciones públicas directas (el modelo sueco, con los föreningsbidrag que canaliza la agencia MUCF), o bien idear mecanismos para que la economía reconozca de forma natural el valor de lo no transaccional. El autor defiende que el objetivo no es obligar a nadie a sacrificarse en el ámbito privado, sino hacer que la elección no remunerada sea asequible para quien desee hacerla, sin que la alternativa sea no pagar el alquiler.