En el siglo XIX, la rabia y su forma humana, la hidrofobia, no se percibían como males exóticos, sino como enfermedades "particularmente inglesas" que provocaban oleadas de pánico coletivo. Este artículo explica cómo se combatió y se logró erradicar la rabia en la Britania victoriana, en un contexto donde la enfermedad aún mata a unas 50.000 personas al año en el mundo, según datos del Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos citados con motivo del Día Mundial de la Rabia (8 de septiembre de 2007).
Los síntomas de la rabia —sed, aullidos, salvación excesiva, delirio, alucinaciones y espasmos— generaban un terror desproporcionado respecto a su mortalidad real: el riesgo de desarrollar hidrofobia tras la mordedura de un perro rabioso era de uno entre veinte, y rara vez se superaban las cien muertes anuales. Aun así, miles de personas sufrían mordeduras, y los casos de "hidrofobia espuria" —brotes histéricos producidos por el miedo mismo— eran frecuentes.
La respuesta fue compleja y contradictoria. Tras sucesivas crisis (el pánico del perro rabioso de 1830, los picos de mortalidad de 1866 y 1877, y el brote de 1895), se impusieron medidas como el sacrificio de perros vagabundos, la obligatoriedad del bozal y la licencia canina de tarifa plana que sustituyó al impuesto de William Pitt de 1796. En 1885, Louis Pasteur anunció su vacuna preventiva, pero la oposición antiveviviseccionistaimpidió abrir una clínica en Londres, lo que empujó a las víctimas británicas a viajar a París.
Finalmente, en 1897, el presidente de la Junta de Agricultura Walter Long aplicó controles estrictos a gran escala, con la excepción de los perros de caza, lo que le granjeó fama de déspota. La medida funcionó: las muertes por hidrofobia cayeron de veinte en 1895 a seis en 1897, y el último caso indígena de rabia canina se registró en noviembre de 1902, cerca de Llandovery.
