El 9 de diciembre de 1921, el ingeniero de General Motors Thomas Midgley Jr. comunicó a su jefe Charles Kettering el hallazgo de un aditivo que reducía el «picado» de los motores: el tetraetilo de plomo (TEL), un compuesto altamente tóxico descubierto en 1854. Aunque existían alternativas eficaces —la más prometedora era el etanol—, GM la descartó porque no podía patentarse ni controlar su producción; las petroleras como Du Pont la percibían como una amenaza a su dominio del motor de combustión interna. El TEL cumplía la misma función técnica que el etanol (elevar la octanaje), pero no podía sustituir a la gasolina. En 1922, un ejecutivo de Du Pont ya lo describía como «un líquido incoloro de olor dulce, muy venenoso si se absorbe por la piel, que provoca envenenamiento por plomo de forma casi inmediata». En febrero de 1923 se vendió el primer tanque de gasolina con plomo; ese mismo día, Midgley estaba en cama por una intoxicación grave. En 1924, cinco trabajadores murieron por exposición al TEL en la refinería de Standard Oil en Nueva Jersey, lo que generó una protesta social considerable. Sin embargo, la gasolina con plomo se comercializó masivamente y un informe del servicio de salud pública de 1926 concluyó que no había motivos para prohibirla, siempre que se protegiera a los trabajadores. El documento admitía que la exposición diaria de conductores y operarios era baja, aunque todos los conductores analizados presentaban trazas de plomo en sangre. Aquel informe anticipó que los niveles podrían aumentar con el tiempo, pero delegó el problema en generaciones futuras. No fue hasta mediados de los años setenta cuando la EPA inició una larga batalla legal para eliminar la gasolina con plomo. Hoy, la contaminación atmosférica acumulada durante décadas sigue afectando a la población, en especial a los niños, cuya exposición se asocia a menor coeficiente intelectual, hiperactividad, problemas de conducta, dificultades de aprendizaje e incluso un aumento de la criminalidad violenta.
