Las garrapatas abundan en Martha's Vineyard, donde el biólogo de salud pública Patrick Roden-Reynolds documenta hasta ochenta y una en una sola tarde. La isla, convertida de granjas a bosques y residencias, cría parásitos en proporción a su bucolismo: cada ciervo puede hospedar entre quinientas y mil garrapatas por temporada. Lyme y babesiosis son allí once veces más frecuentes que en el resto de Massachusetts, y la anaplasmosis, cinco veces. Los veteranos locales temen más a la garrapata estrella solitaria, confirmada en la isla desde 2011, que persigue activamente a sus víctimas en senderos, bancos y playas. Esta especie, otrora confinada al sur de Estados Unidos, ha llegado hasta Maine y Oklahoma, y transmite el síndrome alfa-gal, la enfermedad transmitida por garrapatas de mayor expansión en el país.
A unos dieciséis mil kilómetros, en playas al norte de Sídney, la alergóloga Sheryl van Nunen atendió en 2003 a un surfista de diecinueve años con anafilaxia tras comer carne roja. Identificó un patrón: de los primeros setenta pacientes con la alergia, seis recordaban picaduras de la garrapata paralizante australiana, cuyos síntomas aparecían semanas o meses después, desencadenados horas tras ingerir carne. Australia registró veinte muertes por parálisis por garrapatas entre 1900 y 1945 en Nueva Gales del Sur. El artículo explica cómo la biología de la garrapata, el cambio climático y la transformación del paisaje han convertido a un parásito antiguo en una amenaza emergente y global, capaz de alterar la respuesta inmunitaria humana frente a alimentos básicos.
