El periodista John Gruber recoge en Daring Fireball un ensayo de Nikhil Suresh que sostiene que la fiebre corporativa por la inteligencia artificial generativa se ha convertido en un dogma que reprime cualquier disidencia. Según Suresh, altos ejecutivos de grandes empresas evitan contradecir las promesas de ganancias de productividad exageradas —del estilo de «multiplicar por 100 el rendimiento»— porque hacerlo pondría en entredicho a quienes las defendieron en el seno de sus propios clientes y podría derivar en la cancelación de contratos y en su despido. El ambiente, describe, se asemeja a un fervor religioso en el que los herejes son excomulgados. Gruber coincide con la tesis y aporta su propia lectura: los ordenadores llevan décadas transformando el mundo, pero la IA generativa es la primera tecnología que permite a perfiles poco técnicos crear cosas por sí mismos, lo que para muchos directivos inexpertos parece un Big Bang. Esa sensación de magia, argumenta, hace imposible convencerles hoy de que la IA, siendo impresionante, es varios órdenes de magnitud menos revolucionaria de lo que imaginan, y solo el estallido de la burbuja devolverá la cordidez al debate corporativo.
