El debate sobre si las guarderías infantiles dañan o benefician a los niños ha polarizado la opinión pública, con críticos como Mikhaila Fuller y Erica Komisar alertando sobre traumas cerebrales, mientras que instituciones como la Comisión Europea y el Banco Mundial promueven su papel en la reducción de la desigualdad. Sin embargo, un análisis detallado de la literatura científica revela que las afirmaciones extremas carecen de respaldo sólido. Los estudios sobre cortisol, la hormona del estrés, muestran variaciones diarias significativas que dificultan establecer una correlación directa con el daño psicológico, pudiendo reflejar simplemente novedad o estimulación social. Asimismo, las teorías sobre la atrofia de la amígdala por separación son especulativas y no están respaldadas por investigación empírica. Por otro lado, los datos económicos que sugieren un retorno de siete dólares por cada dólar invertido en educación preescolar resultan exagerados; aunque los niños con acceso a guarderías de alta calidad muestran mejoras iniciales en lectura y matemáticas, estas ventajas tienden a desvanecerse durante la escuela primaria. La realidad científica indica que el impacto del cuidado infantil es modesto y complejo, alejándose tanto del discurso catastrófico como de las promesas milagrosas de política pública.
