En su columna de agosto de 2002 en Dr. Dobb's Journal, Verity Stob presenta una paródica herramienta de diagnóstico bautizada como «escala de cruft», inspirada en la escala Beaufort de 1805. La idea es tan sencilla como reconocible para cualquier usuario: con el paso del tiempo, toda instalación de Windows acumula residuos digitales —el llamado «cruft»— que degradan su comportamiento de forma gradual y casi inevitable. El artículo define ese fenómeno y propone medirlo con un índice de cruftidad de 0 a 10, inspirado en los grados de Beaufort para la fuerza del viento.
El recorrido comienza en el grado 0, equivalente a una máquina virgen recién salida de la caja, y avanza peldaño a peldaño. En el grado 1 aparecen los primeros síntomas: iconos renombrados, cursores que se mueven solos. El grado 2 marca la llegada de un directorio C:\TEMP no solicitado y mensajes de log indescifrables. A partir del grado 3, Office finge reinstalarse al abrirse, aparecen archivos de bloqueo de Paradox y el sistema empieza a ralentizarse. En el grado 4 asoma la primera pantalla azul de la muerte, mientras que el 5 trae servicios misteriosos como BLT300, que reaparecen tras ser desactivados y tiempos de arranque de cuatro minutos y medio.
Los niveles superiores describen un declive imparable. En el 6, Delphi o Visual Basic exigen componentes desinstalados; en el 7 ya no se puede iniciar sesión con la cuenta original y el BOOT.INI acumula nueve sistemas operativos incompatibles. El grado 8 coincide con la instalación forzosa de un antivirus que paradójicamente mejora el rendimiento. En el 9 solo se reconoce la partición de código fuente uno de cada tres arranques y el Panel de Control nunca termina de cargar. El grado 10 representa la muerte clínica: la máquina solo arranca en modo seguro a 16 colores, bloqueándose al cabo de un minuto, y la solución ya no es reinstalar, sino deshacerse del equipo en una instalación autorizada, donde será enterrado «en vidrio resistente al cruft» en una zona residencial.
