La erupción del volcán Toba, ocurrida hace unos 74.000 años en la actual Sumatra, fue la mayor explosión volcánica de los últimos 2,6 millones de años. Durante unas dos semanas, una caldera liberó miles de kilómetros cúbicos de magma, unas mil veces más material que el Monte Pinatubo en 1991. Algunos investigadores habían planteado que aquel cataclismo pudo provocar un enfriamiento global capaz de amenazar la supervivencia de los ancestros humanos.
Un equipo de la Universidad Johannes Gutenberg de Mainz, liderado por el geocientífico Jinheum Park, ha analizado sedimentos del fondo de un pequeño lago de cráter en la frontera entre Kenia y Tanzania para reconstruir los efectos climáticos reales del Toba. Los resultados, publicados recientemente, indican que el enfriamiento duró menos de dos años y se limitó a medio grado centígrado, lejos del escenario catastrófico barajado hasta ahora.
La clave está en el comportamiento de los aerosoles de sulfato. Aunque las erupciones más grandes inyectan más dióxido de azufre en la estratosfera, a partir de cierto umbral los aerosoles se vuelven demasiado pesados y sedimentan con rapidez, reduciendo su capacidad para reflejar la radiación solar. Los modelos climáticos previos arrojaban estimaciones muy dispares del volumen de azufre emitido, lo que generaba escenarios que iban desde una cuasi-extinción hasta una mera molestia para las poblaciones de la época. Los registros geológicos en núcleos de sedimento marino o lacustre tampoco resolvían el debate, porque la mezcla de capas impide fechar con precisión eventos abruptos como una erupción volcástica.
