La disputa Antiqua–Fraktur fue una controversia tipográfica que recorrió los territorios de habla alemana entre los siglos XIX y principios del XX, enfrentando a dos familias de tipos: la gótica Fraktur, de trazos densos y angulosos, y la Antiqua, basada en los modelos latinos que triunfaron en la mayor parte de Europa a partir del Renacimiento.
El origen de la polémica es una convención heredada de los primeros impresores: la Fraktur se reservaba a los textos en alemán, mientras que la Antiqua se empleaba para el latín e incluso para los términos extranjeros dentro de diccionarios bilingües. Tras la ocupación napoleónica y la disolución del Sacro Imperio Romano Germánico en 1806, la búsqueda de una identidad cultural alemana convirtió esa convención técnica en un campo de batalla ideológico. Los nacionalistas asociaron la Fraktur con la profundidad, la sobriedad y el presunto germanismo, mientras que veían la Antiqua como superficial, ligera e "impura". Durante el Romanticismo, además, se le atribuyó a la Fraktur una —históricamente incorrecta— conexión con el arte gótico medieval, como ilustra el rechazo de la madre de Goethe hacia los tipos Antiqua.
El canciller Otto von Bismarck fue un defensor declarado de la Fraktur: devolvía los libros en letra latina con la frase "los libros alemanes en letras latinas no los leo". El debate alcanzó su pico el 4 de mayo de 1911, cuando el Reichstag rechazó por solo 85 votos contra 82 la propuesta de la Verein für Altschrift de imponer la Antiqua como tipo oficial. En enero de 1933 el partido nazi adoptó la Antiqua y en 1941 publicó el Normalschrifterlaß, el decreto que prohibía la Fraktur como Schrift der Vergangenheit en medios impresos, sellando así la victoria de la tipografía latina.
