En el corazón de Cáceres, a escasos metros de la Plaza Mayor, se alza un edificio que guarda entre sus muros más de cinco siglos de historia, arquitectura y leyenda: el Palacio de Galarza, conocido popularmente como la Casa de los Trucos. Este palacio del siglo XV, situado en la calle General Ezponda, constituye uno de los ejemplos más singulares del patrimonio civil extremeño y es sede actual de diversas dependencias del obispado de Coria-Cáceres.
El origen del inmueble se remonta a finales del siglo XV, cuando el banquero judío Sergas Cohen —último rabino de la comunidad hebrea cacereña— ordenó su construcción fuera del recinto amurallado de la villa. Tras el decreto de expulsión de los judíos dictado por los Reyes Católicos en 1492, la familia Cohen se vio obligada a vender la propiedad a Diego González Messía y su esposa María de Ovando. A comienzos del siglo XVI, su nieto Diego Messía de Ovando acometió las primeras remodelaciones del palacio, que pasaría después a manos de la familia Velázquez Dávila hasta su adquisición definitiva por el influyente obispo don Pedro García de Galarza, quien impulsó una profunda reforma plateresca y gobernó la diócesis durante 24 años, dejando una huella imborrable en el patrimonio local.
La fisonomía exterior del palacio destaca por una impresionante torre desmochada construida en el siglo XV e integrada posteriormente en el conjunto. En una de sus esquinas se abre una bellísima ventana renacentista con mainel de mármol, capitel corintio y arco de medio punto decorado con refinados relieves de grutescos y el escudo episcopal. Debajo de esta ventana, un balcón de hierro recorre el perímetro de la torre sobre robustos modillones, mientras que el interior esconde un patio de arcos escarzanos sostenidos por cinco esbeltas columnas y un antepecho decorado con motivos de grifos, jarrones y elementos vegetales de la época protorrenacentista.
Pero el verdadero enigma del edificio reside en su apelativo popular. La denominación Casa de los Trucos responde a dos explicaciones sugerentes que, lejos de contradecirse, se complementan. Por un lado, la tradición cuenta que su primer dueño, el banquero Sergas Cohen, diseñó en su interior una gran cantidad de habitaciones secretas y pasadizos ocultos para garantizar su seguridad personal. Por otro lado, la lingüística aporta una interesante razón histórica: la palabra truco se empleaba antiguamente para designar las trampillas, puertas disimuladas y escapes ocultos presentes en las viviendas nobiliarias. Estas ingeniosas estructuras subterráneas y conductos camuflados habrían concedido al edificio su enigmático sobrenombre.
Este misterioso entramado de pasadizos cobra especial protagonismo en una leyenda que vincula al palacio con la corona española. En 1580, el rey Felipe II derrotó a su rival Antonio, Prior de Crato, y fue proclamado rey de Portugal, unificando ambas coronas. Al conocer la existencia de un hijo ilegítimo del Prior en la villa portuguesa de Barcelos, el monarca temió que el pueblo luso se levantara en armas en favor del pequeño heredero. Para evitarlo, ordenó a un grupo de tercios españoles el secuestro inmediato del niño y su traslado en el más absoluto secreto hasta Cáceres.
Según la tradición, una vez en la ciudad, Felipe II entregó la custodia del infante al obispo Galarza mediante una carta confidencial con tres mandatos rigurosos: que creciera y fuera educado como un noble entre los sobrinos del prelado; que jamás se le revelara su verdadero origen real; y que se mantuviera un celo absoluto para que nunca se relacionara con súbditos portugueses. El niño fue recluido en el palacio, donde vivió oculto sin conocer su propia identidad. Se cuenta que existía un pasadizo secreto subterráneo que unía el Palacio Episcopal con la Casa de los Trucos, por el cual el monarca podía observar al pequeño infante sin ser visto.
A lo largo de los siglos, el edificio cambió de uso en varias ocasiones: fue farmacia, billar, colegio e incluso residencia de las Damas Apostólicas. En 1996, el obispado de Coria-Cáceres recuperó la propiedad y, desde entonces, funciona como Casa de la Iglesia, acogiendo actividades diocesanas y custodiando entre sus históricas piedras un pasado repleto de secretos, conspiraciones cortesanas y leyendas que continúan vivas en el imaginario colectivo de la capital cacereña.
