Un creciente número de profesionales altamente cualificados del sector tecnológico experimentan una angustia existencial que va más allá de la incertidumbre económica. El artículo de NOEMA, firmado por Aaron Horwath, director de operaciones de IA, describe cómo compañeros suyos en el mundo del conocimiento expresan un deseo de escapar a oficios manuales como la cerámica, la pintura o el crochet, e incluso fantasean con dejar atrás sus carreras para vivir en una granja o desconectarse del mundo.
El texto sitúa este fenómeno en un contexto más amplio: la crítica al "workism", término acuñado por Derek Thompson en The Atlantic para describir cómo los trabajadores del conocimiento han sustituido la religión por el trabajo como fuente de sentido y comunidad. Frente a las vocaciones tradicionales —docencia, sanidad, emergencias—, los jóvenes graduados optan masivamente por finanzas, consultoría y tecnología, sectores donde el altruismo brilla por su ausencia.
David Graeber, en "Bullshit Jobs", ya documentó la vacuidad de muchos de estos empleos: presentaciones para proyectos que nunca verán la luz, debates sobre funciones de software que nadie pidió o la práctica del "rest and vest", donde ingenieros altamente pagados esperan a que sus acciones consoliden. El autor señala que la irrupción de la IA no ha hecho sino intensificar esta crisis de propósito. Lo verdaderamente nuevo, sostiene, es que la incertidumbre ya no es solo económica sino existencial: incluso los ejecutivos mejor posicionados dudan del futuro de sus carreras. Si una clase entera de profesionales pierde la fe en su trabajo de la noche a la mañana, las consecuencias sociales y económicas podrían ser profundas.
El ensayo mezcla observación cotidiana, referencias culturales y datos de encuestas para argumentar que la melancolía del sector tecnológico es síntoma de un malestar más profundo: la ausencia de significado en el trabajo intelectual contemporáneo.
