Un creciente número de investigaciones científicas respalda una idea que muchas generaciones daban por cierta solo desde la nostalgia: jugar en la calle sin supervisión adulta hasta el anochecer constituía un entrenamiento psicológico singular. En 1971, el psicólogo Roger Hart pidió a decenas de niños que dibujaran los lugares donde podían moverse solos; algunos recorrían varios kilómetros y conocían su barrio al detalle. Décadas después, al repetir el ejercicio, comprobó que ese territorio de libertad se había reducido de forma drástica, una tendencia observada después en numerosos países. Los investigadores miden esa transformación con el concepto de home range, el espacio que un menor puede recorrer sin vigilancia de un adulto. Los estudios muestran que hoy muchos niños apenas salen de la puerta de casa, no van solos al colegio ni visitan amigos sin permiso, lo que refleja una pérdida de independencia infantil. Resolver conflictos, explorar el barrio, asumir riesgos pequeños o inventar juegos a partir del aburrimiento desarrollaba autonomía, confianza, regulación emocional y tolerancia a la incertidumbre, competencias que los expertos consideran cada vez menos frecuentes. Un estudio de la Universidad de Exeter con más de 4.000 niños concluyó que quienes jugaban al aire libre con más frecuencia entre los dos y los cuatro años presentaban mejor perfil de salud mental hasta los ocho años, y otra investigación con 2.500 menores relacionó el juego exterior con mejores habilidades sociales y emocionales. Los expertos insisten en que el descenso no se explica solo por las pantallas: también influyen el tráfico, la desaparición de espacios seguros, la reducción del recreo, el miedo parental y una cultura que supervisa cualquier actividad. La caída de riesgos controlados limita el aprendizaje de evaluar peligros, superar el miedo y comprobar que los problemas tienen solución. Un estudio reciente de la Universidad de Aarhus concluyó que los propios niños consideran esencial que el juego les pertenezca, y uno de sus autores lo resumió con una frase reveladora: a veces un adulto debería callarse e irse. El debate actual gira en torno a encontrar el equilibrio entre proteger y permitir que los menores desarrollen su propia autonomía.
