Una química ambiental de la Universidad de Queensland, Cassandra Rauert, ha demostrado que los métodos analíticos actuales para detectar microplásticos en sangre humana son vulnerables a la contaminación del propio laboratorio y a falsos positivos generados por los lípidos presentes en la sangre, que comparten bloques estructurales con el polietileno. En un artículo publicado en 2024, Rauert y su equipo identificaron este problema en dieciocho estudios previos sobre microplásticos en sangre humana. Para reducir la contaminación, el equipo reconstruyó su laboratorio desde cero con acero inoxidable y vidrio, eliminando madera, cartón y siliconas con ftalatos, y logró reducir los niveles de plástico y ftalatos en el aire unas cien veces respecto a un laboratorio convencional.
Rauert, entrevistada por Yale Environment 360, aseguró que aún no existe evidencia sólida sobre los efectos de los microplásticos en la salud y calificó como "completamente desmentido" el popular dato de que cada persona ingiere el equivalente a una tarjeta de crédito en plástico por semana. Señaló que las principales fuentes de exposición en el hogar son el polvo doméstico, las fibras sintéticas liberadas por las secadoras, las partículas de neumáticos que llegan a los balcones y el uso de utensilios y tablas de cortar de plástico, así como el calentamiento de alimentos en recipientes plásticos. Entre sus recomendaciones prácticas figuran aspirar con más frecuencia, evitar la secadora para prendas sintéticas y sustituir utensilios de cocina Plástico por madera, bambú o metal.
