Carmen Aragón Valera, portavoz del área de nutrición de la Sociedad Española de Endocrinología y Nutrición (SEEN), explica las diferencias entre la intolerancia a la lactosa y la alergia a la proteína de la leche, dos reacciones a los lácteos que con frecuencia se confunden en el lenguaje cotidiano pese a responder a mecanismos biológicos muy distintos.
La lactosa es el azúcar de la leche, mientras que las caseínas y las proteínas del suero lácteo son los componentes proteicos con función estructural. La intolerancia afecta únicamente al aparato digestivo y se origina por la ausencia o el mal funcionamiento de la enzima lactasa, que degrada la lactosa para su absorción; cuando esta falla, el azúcar se acumula en el intestino y provoca gases, distensión abdominal y diarrea. La alergia, en cambio, es una respuesta del sistema inmunitario: a nivel local causa dolor abdominal y vómitos, y a nivel sistémico puede desencadenar urticaria, angioedema e incluso shock anafiláctico.
Otra diferencia clave es la edad de aparición: la alergia a las proteínas de la leche de vaca se diagnostica en la infancia, aunque puede persistir en la edad adulta, mientras que la intolerancia de origen genético puede manifestarse a cualquier edad. El tratamiento del alérgico exige retirar todos los lácteos y derivados y, en niños, suele requerir un seguimiento para intentar una reintroducción progresiva; el del intolerante depende de su grado de tolerancia individual, ya que muchos toleran yogur, quesos curados y mantequilla por su menor contenido en lactosa. La especialista advierte que los productos sin lactosa no son mejores que los convencionales en personas sin patología y que existe la opción de recurrir a lactasa sintética para mitigar los síntomas sin eliminar los lácteos de la dieta.
