La ciberembajadora de Taiwán, Audrey Tang, sostiene que el riesgo más profundo de la inteligencia artificial no reside en que las máquinas imiten a los seres humanos, sino en que las personas acaben adaptándose a la lógica de las máquinas. A su juicio, antes de que los modelos generativos escribieran ensayos o mantuvieran conversaciones, muchos usuarios ya habían aprendido a funcionar como piezas dentro de sistemas de clasificación y medición de la atención. Cuando llegó la fluidez sintética, la transformación más silenciosa ya estaba en marcha: la humanidad se había vuelto más fácil de puntuar.
Tang argumenta que la pregunta clave de este siglo no es si las máquinas serán más humanas, sino si los humanos seguirán pudiendo ser algo más que aquello que un algoritmo puede evaluar con facilidad. Distingue entre usos que amplían la comprensión mutua —como un modelo que le ayudó a construir vocabulario antes de dialogar con un pensador japonés— y usos que, por el contrario, entrenan a las personas para vivir al ritmo del feed y comprimirse en lo más legible para la plataforma.
El ensayo defiende que el humanismo no equivale a preservar cada tarea manual, sino a proteger lo distintivamente humano en la vida pública: interpretar al otro, asumir compromisos vinculantes, revisarse sin humillación y exigir responsabilidades al poder. Tang critica la idea de que los sistemas agénticos deban convertirse en presencia social o conciencia delegada del usuario, y advierte de que el verdadero peligro de la deshumanización es la conformidad humana con la legibilidad de las máquinas. Frente a una visión del individuo puramente autónomo, propone recuperar la dimensión relacional de la persona —curiosidad, colaboración y cuidado cívico— como capacidades que el lenguaje de la optimización tiende a erosionar.
