Este artículo del New Republic explora un fenómeno preocupante dentro del mundo tecnológico: la adopción de una mentalidad casi religiosa en torno a la inteligencia artificial (IA), particularmente entre los líderes de Silicon Valley. El punto de partida es una serie de conferencias impartidas por Peter Thiel, cofundador de PayPal y Palantir, donde comparó a sus detractores (como Greta Thunberg y Eliezer Yudkowsky) con figuras apocalípticas del Libro del Apocalipsis. Aunque Thiel lo expresó en términos religiosos, esta visión es compartida, aunque de manera más secular, por otros pesos pesados de la industria.
La narrativa central es una guerra entre el 'bien' (la IA, especialmente la Inteligencia Artificial General o AGI, que supera la inteligencia humana) y el 'mal' (la regulación gubernamental). Los defensores de esta visión ven la AGI como una especie de 'Segunda Venida' que traerá una 'Nueva Jerusalén' y consideran que cualquier intento de controlar su desarrollo es una traición, equiparable a una alianza con fuerzas oscuras. Esto se ejemplifica en la Singularity University, un seminario de 15.900 dólares donde se prepara a los ejecutivos para la llegada de la Singularidad.
Marc Andreessen, cofundador de Netscape y un influyente capitalista de riesgo, ha articulado esta visión en su 'Manifiesto Tecnoptimista', donde la IA se describe como la 'piedra filosofal' y cualquier retraso en su desarrollo se considera una forma de asesinato. Andreessen y su firma, Andreessen Horowitz, han adoptado una postura agresiva contra conceptos como la sostenibilidad y la ética tecnológica, y han financiado activamente a Donald Trump y a Elon Musk, influyendo directamente en las políticas gubernamentales relacionadas con la IA.
El artículo argumenta que, más allá de la retórica apocalíptica, lo que está en juego es el enorme capital invertido en el desarrollo de la IA. Las inversiones de gigantes tecnológicos como Meta, Amazon, Microsoft y Alphabet superan el 2% del PIB de EE.UU., una cifra comparable a la inversión en la construcción del ferrocarril en el siglo XIX. En esencia, el artículo advierte sobre una peligrosa combinación de ambición tecnológica, poder económico y una visión del mundo que deslegitima la regulación y el escrutinio público, todo ello en nombre del progreso tecnológico.
