La iluminación del automóvil ha recorrido un largo camino desde las lámparas de aceite de los carruajes de caballos. Antes de la llegada del motor, los vehículos de tracción animal utilizaban faroles de aceite poco luminosos para transitar por caminos sin iluminación fuera de las ciudades, lo que hacía frecuentes los accidentes nocturnos.
A finales de la década de 1880 aparecieron los primeros automóviles, equipados con lámparas de aceite estilo ferroviario que apenas emitían más luz que una vela y presentaban un riesgo constante de incendio por derrames. A comienzos del siglo XX se incorporaron las lámparas de acetileno, alimentadas por gas altamente inflamable; una boquilla obstruida o una fuga podían generar bolsas de gas concentrado capaces de provocar explosiones localizadas.
Más allá de estos peligros, los primeros automóviles resolvían un problema clave: eran mucho más rápidos que el tráfico de caballos al que reemplazaban. Sin embargo, esa velocidad recién adquirida coincidió con una tecnología de iluminación incapaz de seguir el ritmo de vehículos que se movían muy por encima del trote. Los faros primitivos funcionaban menos como reflectores y más como tenues faroles que sugerían, con amabilidad, la posible presencia de un vehículo en la calzada.
El artículo forma parte de una serie que analiza cómo los faros modernos se han vuelto más brillantes, más blancos y, para muchos conductores, más deslumbrantes, una evolución que hunde sus raíces en estas primeras soluciones de iluminación, tan rudimentarias como peligrosas.
