En un ensayo visual de más de 6.000 palabras, el periodista y tipógrafo Marcin Wichary reconstruye la historia de Gorton, una fuente monolinea casi desconocida que aparece grabada en máquinas expendedoras, señales, botones de ascensor y tapas de alcantarilla de Nueva York. Wichary la descubrió por primera vez investigando sobre los teclados mecánicos de los años sesenta y ochenta, donde las letras se moldeaban junto con la tecla en dos plásticos distintos. Las búsquedas lo llevaron hasta George Gorton Machine Co., una empresa de Wisconsin que desde 1902 fabricaba pantógrafos grabadores capaces de tallar caracteres en metal, plástico o madera siguiendo una plantilla manual. El primer catálogo de 1952 incluía la fuente bautizada como Gorton Normal, cuyas formas cuadradas, trazos uniformes y remates redondeados ya estaban documentadas en catálogos de 1902, 1925 y 1935. Esto la convierte en una contemporánea de Akzidenz-Grotesk y más antigua que Helvetica, Futura, Gill Sans o la Johnston del metro de Londres. A diferencia de las fuentes caligráficas, Gorton es completamente monolinea: el mismo grosor en cada trazo, la misma terminación redondeada y una cursiva simplemente oblicua, rasgos que los tipógrafos consideran poco refinados. En 2024, Wichary recorrió más de 160 kilómetros por Manhattan fotografiando cada aparición de Gorton para documentar su presencia invisible en la ciudad, en letreros de ferry del Área de la Bahía, señales de parques nacionales, porterías, ascensores y oficinas dentales. El texto es también una reflexión sobre cómo las fuentes sin nombre —pensadas para una sola máquina— acaban definiendo el aspecto de la infraestructura cotidiana.
