El municipio zaragozano de Gelsa, con 996 habitantes censados en 2025, organizó una convocatoria vecinal para salir a la fresca en sus calles. Esperaba 200 asistentes y reunió a casi 400 en mitad de los cuartos de final de la selección española de fútbol, lo que obligó al consistorio a comprar 250 helados extra. La iniciativa surgió de una charla entre vecinos sobre el calor y fue articulada por la técnica de Cultura Silvia Romanillos, que defiende la calle como refugio climático frente al aire acondicionado.
El episodio se enmarca en una tendencia más amplia: la recuperación de espacios públicos como lugares de convivencia. En Palma de Mallorca, el colectivo Brunzit organiza cada miércoles cenas vecinales para reducir la presión turística en plazas y terrazas, donde la superficie hostelera de Barcelona creció un 70% entre 2019 y 2023, al pasar de 44.496 a 75.802 metros cuadrados. Iniciativas similares se repiten en Chirche, Puxedo, Gallegos del Río, Ribagorza, Cártama o El Portús, con verbenas, fallas o artes de pesca recuperados tras años de silencio.
El texto recuerda que, si bien comer en la playa puede acarrear multas de hasta 60.000 euros por la Ley de Costas, las ordenanzas de civismo no prohíben cenar de tupper en una plaza siempre que se respeten papeleras y limpieza. Varios estudios vinculan estas prácticas con la reducción de la soledad no deseada, que afecta al 20% de los mayores de 75 años en España, y con un refuerzo del apoyo social percibido medible a las tres semanas.
