Anton Chéjov cultivó durante décadas la imagen de médico y escritor abnegado, casi ascético, entregado a la medicina como «su esposa» y a la literatura como «su amante». Una fama que la Unión Soviética reclamó como héroe prerrevolucionario y que los programas de escritura estadounidenses convirtieron en modelo de estética apolínea. Sin embargo, esa narrativa oculta una vida sentimental más compleja: un flirt empedernido, célebre por su foto titulada «La tentación de San Antonio» rodeado de jóvenes amigas, y un largo noviazgo epistolar con la actriz Olga Knípper, a quien conoció en 1898 durante los ensayos de La gaviota y con quien se casó solo tres años antes de morir.
Su cuento más antologado, «La dama del perrito» (1899), refleja esa maduración hacia un amor verdadero: Gurov, vividor envejecido, descubre en Yalta que ama «por primera vez» a una mujer a la que empieza a ver como persona. Vladímir Nabókov lo contó entre los mejores relatos jamás escritos por su uso del condicional y la indeterminación. Chéjov murió en 1904 en Badenweiler, a los 44 años, tuberculoso, atendido por Olga, tras pronunciar un cortés «Ich sterbe» y brindar con champán. Olga le sobrevivió 55 años sin volver a casarse; ambos reposan juntos en el cementerio de Novodévichi, en Moscú.
El artículo repasa cómo los biógrafos occidentales moldearon un Chéjov casto por omisión y cómo scholars como Michael C. Finke han reconstruido una imagen más completa de su vida íntima, inseparable de su obra.
