El fenómeno de la luz solar durante el amanecer y el atardecer no es casual, sino el resultado de la interacción entre la atmósfera terrestre y la radiación electromagnética. A diferencia de la luz solar en el cenit, que atraviesa la atmósfera en su camino más corto, los rayos de luz al nacer o ponerse deben recorrer una trayectoria mucho más larga, lo que provoca una dispersión selectiva de las longitudes de onda. La atmósfera filtra y dispersa más eficientemente las longitudes de onda cortas (azul, violeta) que las largas (rojo, naranja). Por ello, al horizonte, donde la luz viaja 40 veces más aire que en el medio día, predominan los tonos rojizos y naranjas, creando la banda de color conocida como la Cintura de Venus, que aparece como una franja de lila sobre la sombra de la Tierra. Este efecto es más intenso en días despejados y se ve modificado por la presencia de nubes o partículas de polvo. Además, el alpenglow, el resplandor rosado en las montañas cubiertas de nieve, se debe a la luz dispersada indirectamente por partículas de nieve, agua o hielo en la atmósfera baja. Este artículo, escrito por el profesor Jeff Mitton de la Universidad de Colorado, explica cómo la rotación de la Tierra y la composición de la atmósfera crean estos espectáculos visuales diarios, ofreciendo una explicación científica de por qué el cielo cambia de color a lo largo del día.
