Mackinac Island, un pequeño territorio de cuatro millas cuadradas entre las penínsulas de Míchigan, prohibió los automóviles en 1898 y hoy funciona con caballos, bicicletas y motos de nieve. Su calle principal alberga trece tiendas de dulce de leche (fudge) que importan diez toneladas de azúcar al día. La historia de esta obsesión turística comienza con los indígenas odawa, que ya en el siglo XVIII vendían azúcar de arce en recipientes de corteza de abedul. A finales del siglo XIX, la isla se convirtió en destino vacacional para quienes huían del calor y el polen de las ciudades. En ese contexto, Henry Murdick, un constructor de barcos de Vermont, empezó a vender fudge hacia 1900. Su hijo Rome y su nieto Gould transformaron la elaboración en un espectáculo público: cocían los ingredientes en calderos de cobre hasta 110 °C, los vertían sobre losas de mármol y los batían con palas ante los clientes. Gould inventó además un sistema de ventiladores para expulsar el aroma del dulce a la calle, lo que atraía aún más visitantes. Cada libra vendida se anunciaba con una campanada. Este modelo convirtió a Murdick's en la primera fudge shop del país y, tras la Segunda Guerra Mundial, otras tiendas como May's, Selma's y Ryba's replicaron las tácticas. Paralelamente, el fudge había pasado de ser un símbolo de rebeldía en los colegios femeninos de élite (Vassar, Smith, Wellesley) en la década de 1880 a convertirse en un dulce doméstico y democrático. La combinación de espectáculo, aroma y tradición consolidó a Mackinac Island como la capital del fudge en América del Norte, un fenómeno que se ha extendido a otras localidades costeras de Estados Unidos y Canadá.
Fudgetown, EE.UU.: el dulce que transformó una isla en atracción turística
Fuentes:
Fudgetown, USA
