Los filtros de agua por gravedad de acero inoxidable llevan años asociados tanto a círculos de preparacionistas como al mundo del bienestar. Hasta ahora, su mayor limitación era precisamente la que pretendían resolver: muchos componentes, incluidos los de los modelos más conocidos, seguían siendo de plástico. La creciente preocupación por los microplásticos —alimentada por estudios que cifran en decenas de miles las partículas que ingiere quien bebe agua embotellada— ha impulsado una nueva generación de filtros por gravedad que eliminan casi por completo el contacto con plástico en las zonas por donde circula el agua tratada.
En una comparativa práctica de varios meses, Wired ha evaluado dos sistemas representativos de esta nueva hornada. El Boroux Legacy, de 419 dólares, fabricado por un antiguo distribuidor de Berkey, destaca por su certificación NSF para la reducción de microplásticos y partículas, además de plomo, PFAS y cloro (más del 95 % en pruebas propias con agua tratada con cloramina). El Rorra Countertop, de 549 dólares, añade sensores digitales de filtro y nivel de agua. Ambos son voluminosos, lentos y ocupan un lugar fijo en la encimera, pero un depósito lleno basta de sobra para el consumo diario de una familia.
El reportaje también repasa la crisis de Berkey, a la que la Agencia de Protección Ambiental estadounidense (EPA) emitió en 2023 una orden de cese de venta por las afirmaciones antimicrobianas de sus filtros, lo que ha abierto hueco en el mercado a alternativas como Boroux, cuyo filtro lo fabrica Clearbrook, el mismo proveedor histórico de los clásicos filtros negros de Berkey.
