A mediados del siglo XX, la Unión Soviética necesitaba asegurar la navegación por la Ruta del Norte, un corredor estratégico de más de 24.000 km de costa ártica que solo quedaba libre de hielo en verano. Las condiciones eran tan extremas que ni siquiera el régimen soviético lograba reclutar fareros, y la red eléctrica era inexistente en buena parte del litoral. La solución llegó en forma de generadores termoeléctricos radiactivos (RTG), dispositivos rellenos de estroncio-90, cesio-137 o cerio-144 que transformaban el calor de la desintegración radiactiva en electricidad de forma autónoma durante décadas, sin vigilancia ni mantenimiento.
Cada RTG proporcionaba entre 7 y 30 voltios y hasta 80 vatios, suficiente para alimentar las señales. En los años 60 el programa se intensificó y, cuando la URSS colapsó en 1991, había casi 200 faros nucleares en las regiones de Murmansk y Arkhangelsk, a los que se sumaban otros desconocidos en el Extremo Norte. La organización noruega Bellona calculaba unos 1.000 RTG en Rusia, el 80 % operativos en la Ruta Marítima del Norte.
El problema surgió tras la caída soviética: muchos faros quedaron abandonados a la intemperie, el vandalismo y el expolio de metales. En 1999 apareció un RTG en una parada de buses cerca de Estonia y en 2001 unos leñadores hallaron piezas calientes con material radiactivo. Para frenar los incidentes, Noruega lanzó a finales de los 90 un programa de retirada que en una década recuperó unos 60 generadores.
