El cierre del Estrecho de Ormuz y la caída de la producción saudí han disparado los precios del petróleo, situando al Brent por encima de los 104 dólares. Pese a que la Unión Europea importa el 57% de su energía y gastó 340.000 millones de euros en combustibles fósiles el año pasado, la economía del bloque no ha sufrido el colapso previsto. La Comisión Europea redujo su previsión de crecimiento para 2026 al 1,1%, pero el impacto real en el PIB ha sido mínimo, apenas una décima de punto porcentual. Esta resiliencia se debe a dos décadas de mejoras en la eficiencia energética: la UE consume un 44% menos de energía por euro de producción que en 1995 y ha reducido sus emisiones netas de gases de efecto invernadero en un 40% entre 1990 y 2024. La transición hacia infraestructuras más eficientes, como las bombas de calor y la movilidad ciclista en ciudades como París, ha reducido la dependencia de importaciones energéticas. El contraste es evidente entre España e Italia: mientras España, con un 55,5% de generación renovable, creció un 0,7% en el segundo trimestre, Italia, dependiente del gas, fue señalada como la economía más expuesta. Aunque el informe de Mario Draghi señala que las empresas europeas pagan hasta cinco veces más por el gas que las estadounidenses, estudios previos indican que la alta eficiencia operativa de las firmas de la UE ha compensado parcialmente esta desventaja, demostrando que la restricción energética ha impulsado la innovación y la productividad.
