Europa se encuentra en una encrucijada estratégica respecto a la inteligencia artificial, marcada por la incapacidad de desarrollar sus propias empresas tecnológicas de gran escala, como Apple, Google o OpenAI. Esta falta de un actor líder ha reducido la influencia del continente en los debates globales sobre la seguridad de la IA, un tema que ha ganado relevancia tras las advertencias de expertos sobre riesgos existenciales. Christine Lagarde, presidenta del Banco Central Europeo, ha señalado que la UE debe desarrollar su propia tecnología y construir más centros de datos para evitar la dependencia de Estados Unidos y China. Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, ha anunciado la intención de organizar un foro con laboratorios de frontera para coordinar el ritmo de desarrollo, aunque su iniciativa carece de apoyo político directo de Washington o Pekín. Margrethe Vestager, excomisionada de competencia de la UE, ha coescrito un informe que aboga por una estrategia de IA transformadora, destacando la necesidad de infraestructura propia y la resiliencia ante crisis de modelos. Aunque la UE AI Act ofrece un marco regulatorio para sistemas de alto riesgo, expertos como Frederike Kaltheuner señalan que la narrativa de la 'IA fronteriza' promovida por la industria tecnológica estadounidense ha llevado a Europa a una dependencia de modelos como ChatGPT. La realidad del mercado, sin embargo, muestra que muchas empresas evitan estos modelos por costes y riesgos de datos. Itxaso Dominguez de Olazabal, de EDRI, critica la atribución de la falta de competitividad a la regulación, argumentando que la desregulación no es la solución. Georgina Kon, de Linklaters, señala que la UE AI Act no es un modelo global debido a su carga de cumplimiento y su enfoque territorial, lo que ha llevado a otros países a adoptar legislaciones distintas. El consenso entre analistas es que, aunque Europa tiene una voz a través de la regulación, la falta de infraestructura propia y la presión de la narrativa de seguridad global la exponen a riesgos de soberanía tecnológica.
