Este artículo analiza si los profesores realmente necesitan títulos avanzados (maestrías o doctorados) para ser efectivos en su labor docente. El autor argumenta que la sociedad está obsesionada con las credenciales académicas, pero los datos empíricos demuestran que estas no tienen un impacto significativo en el rendimiento de los estudiantes.
Se citan múltiples estudios realizados en diferentes estados de EE.UU. (Carolina del Norte, Florida, Texas, California) que utilizan modelos estadísticos sofisticados con efectos fijos para controlar variables como el entorno del estudiante, la escuela y las características del profesor. Los resultados son consistentes: los títulos de posgrado de los profesores no mejoran el aprendizaje de los estudiantes. Algunos estudios incluso encuentran efectos negativos o nulos.
Por ejemplo, el estudio seminal de Ladd y Sorensen (2015) demostró que obtener una maestría no hace a los profesores más exitosos, salvo por un incremento extraño en las tasas de ausentismo. Harris y Sass, usando datos de Florida, encontraron que los años de experiencia tienen efectos mínimos o negativos en educación secundaria. Estudios con gemelos en Carolina del Norte confirmaron que los títulos avanzados no son relevantes.
Lo mismo aplica para otros "credentials" como certificaciones profesionales, pruebas de licencia docente (CBEST, CSET) e incluso desarrollo profesional continuo. El estudio de Buddin y Zaramro encontró que algunos exámenes de licencia incluso tenían efectos negativos en los estudiantes.
La conclusión es clara: las cualificaciones formales de los profesores importan poco o nada. Personas sin credenciales formales pueden ser buenos profesores, y aquellos con títulos avanzados no son necesariamente mejores. El autor advierte que esta obsesión por las credenciales puede llevar a creencias absurdas, como pensar que los padres no pueden educar en casa si no tienen títulos de educator.
