La integración de la inteligencia artificial en la educación ha transformado las prácticas académicas, convirtiendo la copia de trabajos en una actividad más sofisticada y difícil de detectar. Los estudiantes, conscientes de que los detectores de IA como Turnitin pueden generar falsos positivos, dedican horas a 'humanizar' sus textos o a crear bots que simulan un ritmo de trabajo errático para sortear las plataformas de vigilancia. Esta estrategia ha obligado a las universidades a revisar sus políticas de evaluación. Por ejemplo, la Universidad de Princeton, que durante más de un siglo no vigilaba sus exámenes presenciales, ha anunciado la implementación de supervisión para poner fin a su política de honor. Mientras tanto, instituciones como la Universidad de Nueva York enfrentan el desafío de equilibrar la tecnología con la integridad académica. Expertos como Danielle Carr, de UCLA, argumentan que la solución no es técnica, sino pedagógica, diseñando evaluaciones donde el aprendizaje compense más que la delegación. En España, varias universidades ya experimentan modelos híbridos que prohíben, permiten con transparencia o obligan al uso de la IA en proyectos avanzados, exigiendo a los alumnos demostrar su comprensión del contenido generado.
