En los últimos años, una corriente creciente de escritores, programadores y pensadores ha alzado la voz contra lo que consideran una amenaza silenciosa al oficio de escribir: la proliferación de textos generados por inteligencia artificial que inundan blogs, repositorios de código y publicaciones académicas. El debate ya no gira únicamente sobre si las máquinas pueden o no "pensar", sino sobre algo más profundo: qué ocurre con el pensamiento humano cuando delegamos la redacción en un algoritmo.
El programador y bloguero conocido como borretti ha expresado una de las críticas más feroces al fenómeno. En un ensayo publicado en su sitio personal, sostiene que cuando un lector identifica un texto como producido por IA experimenta una triple reacción: ofensa, tristeza y desprecio. "Si usas IA para escribir, eres un desperdicio de biomasa", escribe sin tapujos, y añade que bloquea a estos autores apenas los detecta.
El núcleo de su argumento es filosófico, no tecnológico. Rechaza la distinción que muchos defienden entre "las ideas son mías, la escritura es de la IA". Para borretti, esta separación es falsa e infalsificable: si las ideas fueran buenas pero la redacción fallara, entonces las ideas no eran tan buenas. Y lo que es más importante, las ideas no existen como entidades cristalinas e independientes en la mente antes de ser escritas. "Escribir es pensar", afirma. Las ideas, asegura, son nebulosas, contradictorias, mezcla de memoria, sentimiento e intuición, y es precisamente el acto de plasmarlas en palabras lo que las convierte en algo sólido, preciso y comunicable. Cita al pionero de la computación Joseph Weizenbaum, quien escribió que a menudo descubrimos nuestra falta de entendimiento cuando intentamos ponerlo por escrito.
Desde una perspectiva complementaria, el escritor Benjamin Hollon lleva años enfrentándose a una pregunta que lo persigue en cada conversación: "¿Qué piensas sobre la IA?". Hollon, que se define simplemente como escritor, ha confesado en su blog que esta pregunta constante está dañando gravemente su motivación para escribir. Su respuesta habitual, que tiene "serias preocupaciones técnicas, profesionales y éticas" con el desarrollo y uso de la inteligencia artificial, rara vez satisface a sus interlocutores, que insisten en profundizar.
Aunque Hollon no ha desarrollado extensamente su postura en el fragmento disponible, su testimonio revela el impacto psicológico que tiene la omnipresencia del debate sobre la IA en quienes viven de la escritura. No se trata solo de competencia laboral: es la erosión de la identidad profesional, la sensación de que cada conversación gira inevitablemente hacia un tema que amenaza el sentido mismo de su oficio.
El análisis de ambas fuentes, aunque desde ángulos distintos, coincide en un punto central: el problema no es la IA como herramienta, sino el uso que hacen de ella personas que, en palabras de borretti, "no pueden convertir unos puntos suspensivos incoherentes en prosa". El resultado es un círculo vicioso: textos superficialmente coherentes pero intelectualmente huecos, escritos por autores que no sometieron sus ideas al rigor del proceso de redacción, y leídos por audiencias que deben asumir una carga adicional de escepticismo para distinguir el pensamiento genuino del ruido algorítmico.
Las implicaciones van más allá de la blogosfera. Revistas científicas ya rechazan artículos escritos por IA no porque la máquina sea incapaz de generar texto coherente, sino porque el acto demuestra irresponsabilidad del autor humano. Como concluye borretti, "no están rechazando a la IA; están rechazando a un ser humano cuyas acciones prueban que es deshonesto e irresponsable".
Mientras el debate tecnológico sobre las capacidades y limitaciones de los modelos de lenguaje continúa, escritores como borretti y Hollon plantean una cuestión incómoda: en un mundo donde cualquiera puede producir texto publicable con un prompt, ¿qué valor tiene la palabra escrita? La respuesta, para quienes defienden el oficio, sigue siendo la misma que hace décadas: el valor está en el proceso, no en el producto. Escribir no es transmitir ideas ya formadas; es el método mediante el cual las ideas se vuelven dignas de ser leídas.
