Escribir a mano con pluma estilográfica sobre papel activa más áreas del cerebro y, según estudios citados por el autor, resulta cognitivamente más enriquecedor que teclear. Quien firma el artículo, escritor de novelas formado en clásicas, dejó hace unos veinticinco años el teclado y compone sus libros íntegramente a mano; el manuscrito de El ciclo Barroco alcanzó un metro de altura y estuvo expuesto en el Museo de la Ciencia Ficción de Seattle.
El texto combina experiencia personal y consejos prácticos para integrar la escritura manual en la rutina diaria. Para empezar, recomienda evitar el lápiz y los bolígrafos baratos, cuya tinta gruesa obliga a apretar y deja marca en el papel; en su lugar, sugiere plumas estilográficas o, en su defecto, rollerball de gel, que apenas requieren presión. También desaconseja escribir con stylus sobre cristal: la ausencia total de fricción exige un control muscular extra. La fricción justa entre punta y papel —lo que los aficionados llaman tooth— es la clave del equilibrio.
Otro consejo es escoger combinaciones de pluma y papel que funcionen: el papel de impresora barato y las hojas amarillas de taco absorben demasiada tinta y emborronan las líneas, mientras que un bloc en blanco o un papel con al menos un 25 % de algodón ofrecen un resultado limpio. Recomienda escribir por una sola cara, sin escatimar hojas, ya que economizar papel fuerza la postura y cansa la mano. Por último, reivindica la escritura cursiva, que enlaza las letras y reduce el esfuerzo frente a la letra de imprenta. Tras un cuarto de siglo escribiendo a diario a mano, el autor asegura no haber padecido jamás la supuesta "calambre del escritor".
