La industria del dragado sostiene desde hace siglos la economía neerlandesa: sin mantenimiento periódico de canales, puertos y ríos, el país se detendría. En la actualidad, los buques de dragado consumen hasta 3.000 litros de combustible por hora y los más grandes alcanzan motores de 30.000 kW. Cada año se extraen entre 30 y 35 millones de m³ de fango para mantener las vías navegables, de los cuales alrededor del 75 % procede de aguas saladas y 20 millones de m³ solo del puerto de Rotterdam. Entre 3,5 y 5 millones de m³ son sedimentos contaminados que deben ir a vertedero.
Antes de la mecanización, el dragado se realizaba a mano con el llamado baggerbeugel, un palo de hasta seis metros con un rascador anular y una red que se arrastraba por el fondo. En obras grandes, como el Canal del Norte de Holanda (1822-1825), se llegaron a emplear miles de trabajadores con estas herramientas, que aún se venden hoy. Para aliviar la fatiga aparecieron en el siglo XVI los molinos de dragado, movidos primero por personas —a menudo presos— y, desde 1622, por caballos que tiraban de norias de cangilones y debían renovarse cada hora.
Los neerlandeses también aprovecharon el viento y las mareas con los krabbelaars: rastras con dientes de hierro que, izadas con velas triangulares o empujadas por caballos, se soltaban al bajar la marea para que la corriente arrastrara el sedimento suelto. Hay constancia de su uso desde 1435. En Frisia, además, se optó por evitar el dragado con diseños navales específicos para aguas someras, una estrategia que pervive en parte de la flota.
