Este ensayo examina una paradoja cultural muy extendida en las sociedades occidentales: la convicción de que la juventud actual vive una crisis sin precedentes. El autor comienza exponiendo los datos objetivos que muestran que la infancia y la adolescencia contemporáneas son, en muchos sentidos, más seguras y libres que en décadas pasadas: más tiempo con los padres, menos violencia física y sexual, menos consumo de alcohol y tabaco, menos accidentes mortales y mejores condiciones para las minorías raciales y sexuales. Frente a esa mejora estructural se alza, no obstante, un discurso de alarma cada vez más audible, centrado en el aumento de la ansiedad, la depresión y las conductas suicidas entre adolescentes, especialmente en chicas.
El texto sitúa ese pánico moral en una perspectiva histórica de larga duración. Recuerda que cada generación adulta ha tendido a idealizar a los jóvenes del pasado y a denunciar a los del presente, y que la nostalgia suele funcionar como un sesgo más que como un diagnóstico. Esa cautela no invalida, sin embargo, las preocupaciones actuales: el autor reconoce que el incremento de los problemas de salud mental desde 2010 es real y coincide con la generalización del smartphone, lo que da credibilidad a la tesis de Jonathan Haidt y su obra «The Anxious Generation», que achaca el fenómeno a la «Gran Recableado» de la infancia, antes basada en el juego y ahora en la pantalla.
El núcleo del ensayo es, sin embargo, una revisión crítica de la evidencia científica disponible. Repasa los estudios correlacionales de Amy Orben y Andrew Przybylski —incluido el célebre «efecto patata», que equipara el impacto del uso de pantallas sobre el bienestar al de comer patatas— y el informe de las Academias Nacionales de Ciencias de EE. UU., que concluye que los efectos son pequeños e inconsistentes. También recoge la réplica de Jean Twenge, Jonathan Haidt y colaboradores, que sostienen que al acotar el análisis a chicas y a redes sociales aparece una asociación pequeña pero real con síntomas depresivos, y la contrarréplica de Orben y Przybylski, que hablan de selección arbitraria de datos. El autor se dispone a abordar los estudios experimentales, pero el texto se interrumpe. La pieza forma parte de una investigación más amplia, pensada para un capítulo académico y un futuro libro, y su intención es someter a debate la idea de que la popularidad del pesimismo pueda confundirse con una prueba de que el pesimismo está justificado.
