En 1770, Erasmus Darwin —abuelo del célebre Charles Darwin, médico, botánico y poeta— apostó 1.000 libras con el industrial Matthew Boulton a que sería capaz de construir una máquina capaz de hablar. Aunque estaba a punto de ganarla, la perdió porque la apuesta exigía que el artilugio recitara oraciones complejas.
Erasmus Darwin fue uno de los grandes estudiosos del lenguaje del siglo XVIII y, además, tartamudo. Su curiosidad por el origen de los sonidos le llevó a pasarse meses introduciéndose cilindros en la boca para localizar dónde se formaban los fonemas. En su obra 'El Templo de la Naturaleza' publicó lo que la Oxford Bibliographies considera el primer estudio fonético instrumental registrado en un hablante: identificó 13 rasgos que diferencian todos los sonidos humanos y elaboró una teoría sobre el origen ontogenético y filogenético del lenguaje.
La apuesta surgió en una de las tertulias científicas de la Inglaterra de la época. Para los talleres de Boulton, Erasmus había diseñado una proto-fotocopiadora, así que el industrial conocía bien su ingenio. Aun así, dudaba de que lograra una máquina parlante. Darwin describió su invento en detalle: una boca de madera con labios de cuero, fosas nasales móviles y una cinta de seda de una pulgada que vibraba con el aire de un fuelle imitando la voz humana. La cabeza articulaba las consonantes p, b, m y la vocal a, y engañaba a quienes la oían sin verla al pronunciar palabras como 'mama' o 'papa'. Era un logro impresionante para 1770, pero el repertorio era demasiado limitado para 'rezar', como exigía la apuesta.
Erasmus Darwin nunca patentó sus inventos por miedo a dañar su reputación médica, pese a que sus trabajos adelantaron ideas que su nieto desarrollaría, incluida la evolución.
