Enfermedad del Nobel: cuando el prestigio científico se desborda

Fuentes: Nobel disease: when scientific prestige overflows into pseudoscience

La "enfermedad del Nobel" o "nobelitis" es un término informal que describe la tendencia de algunos ganadores del Premio Nobel a adoptar ideas extrañas o científicamente infundadas, generalmente en la etapa final de su carrera. El fenómeno no implica que los laureados sean estadísticamente más propensos a errores de razonamiento que otros científicos, pero sirve como prueba de que ser autoridad en un campo no convierte a nadie en experto en todos los demás.

Según el artículo, la distorsión nace de una combinación de factores: el premio otorga una autoridad percibida que anima al laureado a pronunciarse sobre temas ajenos a su especialidad, y los medios de comunicación amplifican esa voz. Paul Nurse, codemandante del Nobel de Medicina en 2001, advirtió a los nuevos ganadores del riesgo de "creerse expertos en casi todo" y de opinar con gran confianza sobre cuestiones que dominan poco; además, señaló que los periodistas empezaron a tomar en serio sus comentarios sobre asuntos que él mismo desconocía.

El texto repasa casos históricos: Philipp Lenard (Nobel de Física 1905), que abrazó el nacionalismo alemán y la "Deutsche Physik" antisemita; Alexis Carrel (Medicina 1912), defensor de políticas eugenésicas en la Francia de Vichy; Charles Richet (Medicina 1913), creyente en la percepción extrasensorial, el zahorismo y los fantasmas; Linus Pauling (Química 1954 y Paz 1962), promotor de megadosis de vitamina C contra resfriados, esquizofrenia y cáncer; William Shockley (Física 1956), defensor del racialismo y la eugenesia; y James Watson (Medicina 1962), conocido por sus reiteradas declaraciones públicas sobre supuesta inferioridad intelectual y mayor libido de las personas de piel oscura. Milton Friedman, Nobel de Economía en 1976, describió el efecto como una "inflación de la atención y del ego" y propuso como antídoto la creación de más premios para introducir competencia.

El denominador común es que el reconocimiento universal parece reforzar más el sesgo de confirmación del laureado que su escepticismo, lo que recuerda que el genio en una disciplina no protege frente a la irracionalidad en otras.