La élite de la Gran Bretaña durante el siglo XIX, lejos de ser una figura austera, operaba bajo un modelo de vida centrado en el ocio, la fiesta y el consumo de alcohol. A pesar de esta reputación de descuido, el Reino Unido consolidó su hegemonía global, dominando el comercio, la industria y la navegación marítima mientras evitaba las revoluciones que sacudieron al continente. Este artículo analiza cómo la educación y las redes sociales internas fueron clave para este éxito. Contrario a la creencia de que la educación victoriana era puramente tradicionalista, las escuelas públicas de élite (como Eton College) seguían un currículo centrado en las lenguas clásicas y la formación moral, con muy poca atención a la ciencia o las matemáticas. La educación se basaba en la disciplina, la memorización y la lealtad hacia los compañeros, fomentando fuertes lazos de nostalgia y redes de influencia. Además, la educación temprana separada de la familia y el ambiente de las escuelas de un solo sexo generaron una cohesión interna que facilitó la cooperación entre los líderes. El texto sugiere que, aunque la educación moderna prioriza la ciencia y las habilidades técnicas, la combinación de habilidades blandas, construcción de equipos y networking intra-élite podría haber sido tan efectiva para la gobernanza. Esto invita a reconsiderar el enfoque único de la educación STEM y a explorar cómo la formación social y las relaciones personales pueden contribuir a la estabilidad y el éxito político a largo plazo.
