Una entrada de blog reflexiona sobre el lugar contradictorio que ocupan los cigarrillos en la vida social, a pesar de su conocido daño para la salud. El autor parte de una experiencia personal: su padre murió de cáncer de pulmón asociado al tabaco, y un cigarrillo mal apagado mientras dormía estuvo a punto de causarle también la muerte, como ha ocurrido en tantos otros casos. Esa cercanía con las consecuencias del hábito alimenta su rechazo visceral al olor y al consumo, aunque admite que el mensaje antitabaco que recibió en la escuela caló hondo, igual que décadas de cultura popular que siguen presentando el cigarrillo como un gesto atractivo —algo que, señala, los cigarrillos electrónicos nunca conseguirán reproducir.
El núcleo del texto es, sin embargo, la función social del cigarrillo. Compartir fuego, pedir un cigarrlio o regalarlo a un desconocido funciona como un gesto desinteresado, sin expectativas ni juicios, una pequeña forma de reciprocidad que une a dos personas que de otro modo no intercambiarían palabra. El autor reconoce que una sociedad con menos fumadores es una sociedad mejor, pero sostiene que en el camino se ha perdido ese pequeño ritual de convivencia. La entrada cierra con una excepción: los puros no gozan de la misma simpatía.
