El 8 de agosto de 1991, el puerto italiano de Bari recibió al carguero Vlora con entre 10.000 y 20.000 albaneses hacinados a bordo tras una travesía de más de un día por el Adriático. La embarcación, que regresaba de Cuba con un cargamento de azúcar y necesitaba reparaciones, fue invadida por una multitud en el puerto de Durrës el día anterior. Muchas personas saltaron al agua y treparon por cuerdas y escaleras hasta un barco donde ya no cabía nadie más. Su capitán, Halim Milaqi, decidió partir al comprender que impedirlo podía provocar una tragedia, y navegó con motores auxiliares, sin radar y con graves problemas mecánicos.
La masiva llegada se produjo tras el colapso económico y social de Albania tras la caída del régimen comunista, con fábricas cerradas y escasez de alimentos. Italia, a menos de 150 kilómetros y mostrada como escaparate de prosperidad en la televisión, se había convertido en la única salida posible para miles de familias. Las autoridades intentaron sin éxito bloquear el desembarco y aceleraron la repatriación. Los pasajeros fueron trasladados al Stadio della Vittoria, reconvertido en un centro de retención improvisado donde se vivieron intentos de fuga y enfrentamientos. Algunos lograron quedarse en Italia, otros fueron devueltos en días, en una operación criticada por organizaciones humanitarias y el Vaticano. Las imágenes del Vlora permanecen como símbolo de una de las mayores crisis migratorias por mar vividas en Europa.
