Ensayo que reivindica la evidencia observacional frente a la hegemonía del ensayo clínico aleatorizado (ECA) en medicina y salud pública. El texto arranca con un episodio histórico singular: en 1710, el médico escocés John Arbuthnot presentó como prueba de la existencia divina el hecho de que durante 82 años consecutivos en Londres nacieron más niños que niñas. Pierre-Simon Laplace retomó esos mismos registros en 1781 y concluyó, con mayor sobriedad, que la probabilidad de nacimiento masculino simplemente supera el 50 %. Laplace llegó a comparar Londres, París y Nápoles sobre una muestra de 1,93 millones de registros, identificando diferencias de apenas un 0,38 % entre ciudades.
A partir de ahí, el artículo repasa la lenta invención del ECA: desde la dieta vegetariana propuesta por Daniel en el siglo VII a. C., pasando por las reglas experimentales del Canon de Medicina de Avicena en el siglo XI, la propuesta de Petrarch en el siglo XIV y el desafío con 200 pacientes planteado por Jan Baptist van Helmont en 1648. El texto documenta hitos posteriores, como el ensayo del escorbuto de James Lind en 1747 con 12 pacientes, el estudio de la difteria de Johannes Fibiger en 1898 —con 484 participantes y un primer intento explícito de aleatorización— y el ensayo de estreptomicina del Medical Research Council británico en 1946, que consolidó el diseño moderno. El argumento central sostiene que, aunque el ECA es ideal para evaluar intervenciones, la evidencia observacional ha sido subestimada por su eficiencia, simplicidad y capacidad de detectar efectos pequeños con muestras enormes que los ensayos raramente alcanzan.
