Los combustibles fósiles representan alrededor del 40 % del tonelaje marítimo mundial, pero concentran aproximadamente la mitad del consumo energético del sector porque carbón, petróleo y gas se mueven en trayectos oceánicos de larga distancia. El artículo sostiene que el debate sobre la descarbonización del transporte marítimo suele partir de un error de enfoque: en lugar de buscar un combustible universal que sustituya al fuelóleo actual, propone reducir primero la demanda energética. Esa caída llegaría de forma natural con la transición energética, ya que la menor demanda mundial de carbón, petróleo y gas reduciría el tráfico de graneleros y petroleros. A esto se suma la exposición del mineral de hierro, otro comercio a granel de larga distancia vinculado a la industria pesada china, cuyo volumen podría reducirse con el aumento del reciclaje y los hornos de arco eléctrico. En paralelo, segmentos como ferris, rutas cortas, navegación interior y servicios portuarios son más aptos para la electrificación con baterías y la conexión a tierra. La eficiencia operativa (velocidad reducida, mejor hidrodinámica, hibridación) también recorta el consumo del resto de la flota. Solo después de aplicar estas reducciones, afirma el texto, resulta útil discutir los combustibles líquidos residuales: biometanol, biodiésel, aceite vegetal hidrotratado y etanol. El amoníaco, el hidrógeno y los combustibles sintéticos se presentan como opciones con limitaciones técnicas, económicas y de seguridad que los hacen poco competitivos frente a esta estrategia de electrificación selectiva y demanda decreciente.
