Un análisis de los registros de extinción de aves en Hawái revela que la diferencia entre la última observación confirmada de una especie y su declaración formal de extinción es de 36 años en media. Este retraso se debe a la dificultad técnica de cumplir con el criterio del IUCN, que exige la certeza de que el último individuo ha muerto, un estándar que resulta difícil de verificar en hábitats remotos o de difícil acceso. A diferencia de la regla de 50 años sin avistamientos, que fue propuesta en los años 80 pero abandonada por su ineficacia al fallar en casos como el del petrel de Bermuda, el proceso actual depende del juicio humano y de las limitaciones de los equipos de investigación. El estudio, basado en 13 especies documentadas en el sitio Birds History, muestra que solo tres casos tuvieron una declaración rápida (entre 3 y 13 años) porque se registró la muerte del último ejemplar en cautiverio. En el resto de los casos, el registro simplemente desaparece sin fecha exacta de la última muerte. Este fenómeno ilustra la complejidad de la conservación: mientras que Hawái concentra la mayoría de estos datos debido a su aislamiento geográfico, la distribución global de las extinciones aviares sigue siendo un proceso lento y a menudo incierto, donde la ausencia de evidencia no equivale necesariamente a la confirmación de la extinción.
