El artículo documenta cómo la guerra en Gaza ha transformado el enclave en un laboratorio de contaminación tóxica a gran escala. La destrucción de edificios e infraestructura ha generado unos 60 millones de toneladas de escombros y nubes de polvo cargadas de amianto, plomo, hidrocarburos cancerígenos y otros materiales sintéticos. El profesor Yaakov Garb, de la Universidad Ben-Gurión, está cartografiando mediante imágenes por satélite, drones y testimonios las zonas más contaminadas, incluidos los antiguos campamentos de refugiados de Jabalia y la aldea sueca, donde el amianto triturado se ha mezclado con la tierra. La investigadora Eyal Weizman, de Forensic Architecture, estima que las enfermedades derivadas —cáncer, enfermedades pulmonares y daño cerebral— podrían igualar en letalidad a las bombas de la guerra. El texto compara la situación con la contaminación posterior al 11-S, que elevó la incidencia de casi treinta enfermedades y mató a más personas que el propio atentado. El Gobierno israelí prohíbe sacar muestras de suelo del enclave, lo que dificulta confirmar la magnitud de la contaminación. Paralelamente, el artículo recuerda la crisis previa en Cisjordania, donde la quema ilegal de cables electrónicos para recuperar cobre multiplicó por cuatro los casos de linfoma infantil en los pueblos cercanos. La conclusión es que, sin cooperación internacional, Gaza se enfrenta a una catástrofe sanitaria silenciosa que se prolongará durante décadas.
El suelo tóxico de Gaza y la próxima epidemia silenciosa
Fuentes:
Gaza’s Deadly Soil
