El río Tumen, una estrecha franja de agua que comparten Rusia y Corea del Norte, se ha convertido en el punto donde se mide la paciencia estratégica de China con sus dos vecinos. Desde la Convención de Pekín de 1860, cuando la dinastía Qing cedió al Imperio ruso los territorios que hoy integran el Krai de Primorie, China perdió su acceso directo al mar de Japón. Recuperar esa salida a través del Tumen es una aspiración histórica de Pekín: permitiría a su flota mercante y, eventualmente, militar, alcanzar el Pacífico nororiental sin depender de rutas más largas ni de la vigilancia de aliados de Estados Unidos como Japón y Corea del Sur.
El obstáculo es doble. En 2024, Vladímir Putin y Kim Jong-un firmaron un acuerdo para construir un puente sobre el río, una infraestructura que, según analistas, complica la navegación china y envía una señal política clara: Moscú y Pionyang estrechan su cooperación bilateral sin abrir más espacio a la influencia de Pekín. Mientras China reclama acceso y profundidad estratégica, Corea del Norte busca respaldo militar ruso sin quedar absorbida por Pekín, y Rusia pretende mantener a China cerca pero sin sentirse rodeada en su Extremo Oriente. El silencio de Xi Jinping tras la última cumbre con Kim sobre el Tumen sugiere una frustración creciente: cuanto más se acerquen Moscú y Pionyang sin contar con China, mayor será la fricción en una de las zonas más tensas de Asia.
