En el siglo III a. C., el inventor griego Ctesibius dio con la solución al principal problema de los relojes hidráulicos: el caudal irregular del agua. Su clepsidra automática combinó un depósito de alimentación, un cilindro vertical y un sistema de engranajes accionado por una rueda hidráulica para mantener un flujo constante. Un cilindro giratorio, que rotaba una vez al año, mostraba los meses con líneas verticales y las horas con líneas curvas, mientras un indicador flotante señalaba la hora exacta. Un siphon vaciaba el depósito cada 24 horas, reiniciando el ciclo diario sin intervención humana.
Este ingenio introdujo uno de los primeros sistemas automatizados de la historia y sirvió de referencia para la medición del tiempo durante casi dos milenios. Solo fue superado en 1656, cuando Christiaan Huygens presentó el reloj de péndulo. El artículo repasa los orígenes de los relojes de agua en Mesopotamia, Egipto e Irán hacia el siglo XVI a. C., y reflexiona sobre la conexión cultural entre el fluir del agua y la experiencia humana del paso del tiempo.
