En la década de 1920, los refrigeradores domésticos representaban un riesgo mortal debido a las fugas de gases tóxicos como el cloruro de metilo y el amoníaco. En 1926, Albert Einstein y Leo Szilard, físicos de la Universidad de Berlín, desarrollaron una alternativa segura: un dispositivo hermético sin piezas móviles que utilizaba campos electromagnéticos para comprimir el refrigerante, eliminando así el riesgo de fugas asociado a las bombas mecánicas tradicionales. La pareja solicitó patentes en Alemania, Reino Unido y Estados Unidos, obteniendo la patente estadounidense 1,781,541 en noviembre de 1930 tras años de trabajo conjunto.
A pesar del éxito técnico, la comercialización fracasó debido a una confluencia de factores económicos y políticos. La Gran Depresión eliminó el capital necesario para financiar el proyecto, mientras que el ascenso del nazismo creó un ambiente de violencia política que amenazaba la seguridad de Einstein y Szilard, ambos judíos y críticos del régimen. Simultáneamente, el químico Thomas Midgley demostró la eficacia del Freón (clorofluorocarbonos), lo que desplazó el interés industrial hacia nuevos refrigerantes seguros en lugar de nuevas tecnologías de compresión.
La invención cayó en el olvido hasta finales del siglo XX, cuando se reveló que los CFCs dañaban la capa de ozono. En 2005, un grupo de investigación de la Universidad de Oldenburg construyó un modelo funcional basado en las especificaciones originales de 1930, logrando alcanzar temperaturas de 0 grados Celsius de forma segura. Este hito resalta la relevancia histórica del diseño de Einstein y Szilard como una solución anticipada a problemas ambientales que solo se comprendieron décadas después.
