El precio oculto del trabajo nocturno y cómo dormirlo

Fuentes: The hidden cost of the night shift and how to sleep it off

Más de tres millones de personas en el Reino Unido trabajan en turnos nocturnos. Un doctor joven que termina su guardia a las seis de la mañana y no logra dormir no fracasa por debilidad personal: su reloj interno, modelado por millones de años de evolución, le exige seguir despierto. Esa colisión cotidiana entre la biología y la vida moderna tiene consecuencias cada vez mejor documentadas. Dormir no es solo descanso: durante el sueño el cerebro consolida memorias, procesa emociones y activa el sistema glinfático, una red de canales que arrastra residuos como las proteínas amiloide y tau, asociadas al alzhéimer. Un análisis de más de 40.000 escáneres del UK Biobank, dirigido por el neurólogo Hugh Markus (Universidad de Cambridge), muestra que las personas con peor drenaje cerebral presentan después una probabilidad significativamente mayor de desarrollar demencia. Un estudio sueco del Karolinska con 13.000 trabajadores durante 41 años eleva un 36% el riesgo de demencia asociado al trabajo por turnos. Además, restringir el sueño a unas 4,5 horas durante varias noches aumenta la inflamación sistémica, eleva el cortisol, favorece la resistencia a la insulina y, según la IARC, sitúa al trabajo nocturno en el grupo "probablemente cancerígeno", junto a la carne roja. Para mitigar el daño, la investigadora Line Victoria Moen (Instituto Nacional de Salud Ocupacional de Noruega) estudió a trabajadores del Ártico y comprobó que muchos dividen el sueño en dos bloques, de nueve a una y otra siesta vespertina. Este patrón bifásico, habitual en la Europa preindustrial según el historiador Roger Ekirch, podría ajustarse mejor al reloj biológico de quienes trabajan de noche. Cambiar cómo se duerme, sostienen los expertos, puede ser clave para proteger la salud de millones de trabajadores.